El amplio y poco conocido mundo de la salud mental

Cuidar a quienes cuidan: el círculo invisible del bienestar emocional

La salud mental de niños, niñas y adolescentes ha dejado de ser un tema aislado o exclusivamente clínico. Hoy se entiende como un estado de bienestar integral, que abarca lo emocional, cognitivo, social, relacional y que permite a los jóvenes sentirse seguros, establecer vínculos significativos, aprender y afrontar el estrés de manera saludable.

Para profundizar en este tema, conversamos con Alejandra Iturra:
• Psicóloga Clínica de la Universidad del Desarrollo, con Magister en Clínica Relacional con Niños y sus Padres.
• Diplomada en “Salud Mental y Psiquiatría Comunitaria” y “Técnicas Proyectivas”.
• 14 años de experiencia laboral en el área de la psicología clínica, trabajando principalmente en la atención clínica de niños, niñas y adolescentes, tanto en el contexto público como privado.
• Destacada por su formación en psicodiagnóstico relacional y evaluación neuropsicológica de niño, niña y adolescente.

Alejandra nos brinda una mirada cercana y fundamentada sobre los desafíos y estrategias que familias y colegios pueden implementar para favorecer el bienestar.

QUÉ ENTENDEMOS HOY POR SALUD MENTAL

“Hablar de salud mental en niños, niñas y adolescentes no es referirse solo a un trastorno o a la ausencia de éste. La salud mental es un estado de bienestar integral que implica la capacidad de sentirse seguro, de establecer vínculos significativos, de aprender y de afrontar situaciones de estrés propias del desarrollo”, explica Iturra.

En otras palabras, cuidar la salud mental no significa evitar los conflictos, sino enseñar a los jóvenes a enfrentarlos, mientras participan activamente en su comunidad familiar, escolar y social.

Este enfoque integral rompe con la idea de que la salud mental solo se activa ante un diagnóstico clínico. Más bien, se trata de promover habilidades y ambientes que favorezcan el desarrollo emocional y social, generando espacios donde los niños puedan expresarse y aprender a regular sus emociones.

DESAFÍOS ACTUALES PARA LAS FAMILIAS

El escenario actual para la salud mental infanto-adolescente es complejo. No solo se han incrementado los diagnósticos, sino que han surgido nuevas formas de malestar vinculadas a cambios culturales, tecnológicos y sociales. “La pandemia no generó necesariamente más trastornos, pero sí agudizó situaciones latentes. Un estudio reciente del 2024, realizado en conjunto por la Universidad Andrés Bello y la Universidad de las Américas, estimó que un 60% de los jóvenes chilenos presentan síntomas de ansiedad o bajo ánimo”, comenta la psicóloga.

Esta sintomatología, aunque no siempre constituye un trastorno, indica factores de riesgo: dificultades para dormir, sobreexposición a redes sociales, baja autoestima y estrés generalizado. El impacto no se limita a los niños, sino que las familias también se ven afectadas, muchas veces sobrepasadas y sin herramientas para acompañar a sus hijos.

Otro desafío es el entorno digital. El uso excesivo de pantallas, videojuegos y redes sociales puede alterar patrones de sueño, atención y socialización, especialmente cuando los niños acceden sin supervisión adulta. “Es fundamental que los padres promuevan un uso consciente de la tecnología, estableciendo límites y acuerdos familiares sobre su uso”, agrega Iturra.

Finalmente, el bienestar de los cuidadores influye directamente en la salud mental de los hijos. Estudios sobre “Burn Out parental”, como los de la psicóloga María Josefa Escobar, muestran que el agotamiento emocional, la irritabilidad y la desconexión afectiva de los padres impactan la regulación emocional de sus hijos. Por eso, el autocuidado adulto no es opcional: es un ejemplo vivo para los niños de cómo manejar el estrés y mantener la estabilidad emocional.

EL ROL TRANSFORMADOR DE LOS COLEGIOS: “EL BIENESTAR EMOCIONAL DE LOS ADULTOS ES EL PRINCIPAL PREDICTOR DEL BIENESTAR EMOCIONAL DE LOS NIÑOS”

Durante los últimos años, los colegios han evolucionado en su manera de abordar la salud mental. “Hoy no se trata solo de apagar incendios cuando surgen las crisis, sino de promover un bienestar integral. Los equipos interdisciplinarios de bienestar escolar, que incluyen psicólogos y docentes capacitados, cumplen un rol preventivo y acompañan a los estudiantes de manera constante”, explica Iturra.

Además, la mirada se ha desplazado de lo individual a lo sistémico: el bienestar de un estudiante depende del clima en el aula, del entorno docente y de la relación con las familias.

Alejandra recuerda con cariño lo comentado por una paciente adolescente, quien le contó que en su colegio hacían estaciones de juego, justamente para lograr que los estudiantes pudieran sentirse incluidos y al mismo tiempo desconectar de lo que se acostumbra día a día en esta era de tecnología. Estos son programas de educación socioemocional, que incentivan la socialización fuera de las pantallas y espacios de diálogo y autocuidado dentro de la institución. Lo que también sirve como ejemplo concreto para las familias.

SEÑALES DE ALERTA, ¿QUÉ OBSERVAR?

Detectar a tiempo las señales de malestar emocional es fundamental para prevenir problemas mayores durante la adolescencia. Iturra explica que existen dos grandes formas en que los niños y adolescentes pueden manifestar su malestar: los síntomas externalizantes, que son visibles, disruptivos y los de sobreadaptación, más silenciosos, pero igual de relevantes.

1. SÍNTOMAS EXTERNALIZANTES

Son aquellos que se expresan hacia afuera y suelen llamar la atención de los adultos, como la irritabilidad, la tristeza evidente o las conductas desafiantes. Sin embargo, detrás de estos comportamientos hay procesos emocionales no resueltos.

“Cuando un niño se muestra irritable, desafiante o constantemente triste, en realidad está comunicando un malestar que no logra poner en palabras”.

Estos síntomas pueden incluir alteraciones del sueño, cambios en el apetito, pérdida de interés por actividades cotidianas, desmotivación y somatizaciones frecuentes como dolores de cabeza o de estómago sin causa médica aparente.

Estos indicadores, explica Iturra, no aparecen de un día para otro. Son el resultado de una acumulación de estrés, exigencias, inseguridad o falta de espacios seguros para expresar emociones.

“A veces, el problema no es la emoción en sí, sino la falta de acompañamiento para sostenerla. Un niño que siente miedo o frustración, pero no tiene un adulto que lo contenga, aprende a manifestarlo de manera más intensa o a través del cuerpo”.

 

2. SOBREADAPTACIÓN: EL MALESTAR SILENCIOSO

Muchas veces, la sobreadaptación nace en contextos donde los niños se vieron obligados a sostener emocionalmente a sus cuidadores. Iturra explica que esto ocurre cuando los adultos, por distintas razones: estrés, separación, duelo, problemas de salud mental o falta de recursos emocionales, no logran ejercer un rol contenedor estable y los niños asumen, inconscientemente, ese lugar.

“Hay niños que crecieron acostumbrados a estar bien, a no dar problemas, porque aprendieron que sus padres o adultos significativos estaban pasando por momentos difíciles y que lo mejor que podían hacer era no sumarles más carga”. En esos entornos, el mensaje que internalizan es claro: mostrar tristeza, enojo o cansancio no es una opción, porque eso podría preocupar o desbordar al adulto. Con el tiempo, esos niños desarrollan una especie de fortaleza aparente, volviéndose hiperresponsables, resolutivos y atentos a las necesidades de los demás.

“Son pequeños que aprendieron a leer el ambiente, a anticiparse a los estados de ánimo de sus cuidadores y a ofrecer calma y estabilidad en lugar de pedirla. Crecen convencidos de que deben ser los que sostienen, los que cuidan, los que no fallan”, agrega Iturra.

El resultado es una sobreadaptación emocional. Jóvenes que parecen tenerlo todo bajo control, que cumplen, que ayudan, que siempre están dispuestos, pero que no se permiten mostrar vulnerabilidad. “Son aquellos que siempre están bien, que no se quejan, que sacan buenas notas y que nunca dicen que algo les cuesta. Pero detrás de esa perfección aparente puede haber una enorme exigencia interna, miedo al error o temor a decepcionar”.

Iturra aclara que esta es una estrategia inconsciente de protección emocional. En su intento de cuidar a los demás, los niños dejan de cuidar de sí mismos. Y como su malestar no genera ruido, pasa inadvertido. “Estos niños no piden ayuda porque no saben cómo hacerlo, o porque sienten culpa al mostrarse vulnerables”, explica.

El riesgo de la sobreadaptación es que el malestar se acumula y se vuelve invisible. Años después, puede manifestarse en forma de ansiedad, insomnio, crisis de angustia o episodios depresivos durante la adolescencia o adultez temprana.

“Muchos de los adolescentes con síntomas de ansiedad o depresión fueron niños muy adaptados, muy funcionales, que parecían tenerlo todo bajo control, pero emocionalmente estaban agotados. Habían sostenido durante tanto tiempo que ya no les quedaban recursos para sostenerse a sí mismos”.

ESTRATEGIAS EFECTIVAS: COMUNIDAD ESCOLAR Y FAMILIAS TRABAJANDO JUNTAS

Integrar la salud mental en la vida cotidiana de las comunidades educativas, y no solo en los momentos de crisis, es clave para el bienestar de los estudiantes. Según la profesional “la salud mental no se trabaja solo desde la oficina del psicólogo, sino que se construye también en la sala de clases, en el recreo, en las conversaciones con las familias y en los vínculos que se generan día a día”.

Por eso, los colegios que logran mejores resultados en este ámbito son aquellos que entienden el bienestar como una responsabilidad compartida. “La institución puede tener protocolos, profesionales y programas, pero si no hay una cultura de corresponsabilidad, donde todos se sientan parte del cuidado del otro, ese trabajo se diluye”.

1. PROMOVER UNA COMUNIDAD ESCOLAR EMOCIONALMENTE SEGURA

Iturra enfatiza que una comunidad emocionalmente segura es aquella donde los estudiantes sienten que pueden ser y expresarse sin miedo al juicio o la sanción. Esto requiere que los adultos, profesores, directivos, asistentes y familias desarrollen una mirada más comprensiva hacia las emociones y los comportamientos infantiles.

“Cuando un estudiante se muestra más desafiante o retraído, la pregunta no debería ser solo ‘¿qué hizo?’, sino también ‘¿qué le pasa?’. Ese pequeño cambio de enfoque transforma la manera en que acompañamos y contenemos a los niños”.

Para ello, los colegios están avanzando hacia modelos donde el bienestar no es una asignatura aislada, sino un eje transversal. Se promueven instancias de tutorías, asambleas de curso, acompañamientos personalizados y formación docente en regulación emocional, comunicación empática y resolución pacífica de conflictos.

La psicóloga destaca que la contención no es sinónimo de permisividad, sino de comprensión activa. “Acompañar emocionalmente no significa que todo esté permitido, sino que los límites se ponen desde la calma, no desde la reacción. Eso enseña a los niños a autorregularse y a confiar en los adultos”.

2. INCORPORAR PROGRAMAS DE EDUCACIÓN SOCIOEMOCIONAL

Los programas de educación socioemocional permiten abordar la salud mental desde la prevención y la promoción del bienestar. “Estos programas enseñan a los niños a identificar y expresar emociones, resolver conflictos, trabajar en equipo, desarrollar empatía y construir autoestima”, explica Iturra.

A diferencia de intervenciones puntuales, estos programas instalan un lenguaje emocional común entre estudiantes, docentes y familias. “Cuando toda la comunidad comparte el mismo vocabulario emocional, por ejemplo, saber qué significa frustrarse, validarlo y acompañarlo, se reduce la violencia, mejora la convivencia y se fortalecen los lazos de confianza”.

La psicóloga agrega que los colegios que aplican sistemáticamente estos programas han evidenciado una disminución significativa en conductas disruptivas y un aumento en los niveles de participación y motivación. “No es solo que los niños se porten mejor, es que se sienten más vistos, comprendidos y valorados”.

3. IMPLEMENTAR PROGRAMAS DE PARENTALIDAD POSITIVA

El bienestar escolar también depende del acompañamiento que reciben los estudiantes en sus hogares. Por eso, los colegios están promoviendo cada vez más programas de parentalidad positiva, orientados a fortalecer las habilidades emocionales de los padres y cuidadores.

Iturra explica que estos programas no buscan “enseñar a ser padres”, sino entregar herramientas para manejar el estrés, establecer límites saludables y fomentar vínculos afectivos estables. “Muchas veces los padres también están sobrecargados, con poco tiempo o sintiéndose inseguros frente a las necesidades emocionales de sus hijos. Estos espacios son una oportunidad para que comprendan que no se trata de hacerlo perfecto, sino de estar disponibles”.

El enfoque de la parentalidad positiva apunta a reemplazar los estilos punitivos o reactivos por una crianza más consciente y empática, donde el adulto aprende a regularse antes de intervenir. Un padre o madre que logra autorregularse enseña sin hablar. El ejemplo es la herramienta más poderosa de aprendizaje emocional que tienen los niños.

AUTOCUIDADO ADULTO: EL MOTOR DEL BIENESTAR INFANTIL

El bienestar de los adultos: padres, madres y docentes son el principal predictor del bienestar emocional de los niños. Regular el estrés, pedir ayuda y sostener rutinas saludables no solo protege a los adultos, sino que modela a los niños cómo manejar emociones y situaciones difíciles.

La observación y el modelamiento son fundamentales. Si los adultos logran autorregularse, los niños aprenden a través de ellos, enfatiza Iturra.

CINCO CONSEJOS CLAVE PARA FAMILIAS: QUÉ HACER Y QUÉ NO HACER

1. RUTINAS ESTABLES Y PROTECTORAS

Desde los primeros años de vida, las rutinas actúan como una red de seguridad emocional para los niños. “Las rutinas dan contención, estructura y previsibilidad”, explica la psicóloga. Tener horarios consistentes para dormir, alimentarse y realizar actividades familiares favorece la organización, además de transmitir tranquilidad y confianza. Durante la adolescencia, aunque los horarios cambien, mantener ciertos espacios estables, como las comidas en familia o un momento de conversación diaria, sigue siendo clave para el bienestar emocional.

2. VALIDACIÓN EMOCIONAL

Validar no es resolver los problemas de los hijos, sino reconocer lo que sienten. “Los niños necesitan que sus emociones sean vistas y nombradas, no minimizadas”, enfatiza. Cuando un adulto dice “entiendo que estés frustrado” o “veo que eso te pone triste”, está ayudando al niño a construir su lenguaje emocional y a sentirse comprendido. Esta práctica cotidiana fortalece la relación y enseña que todas las emociones son válidas, aunque no todas las conductas lo sean.

3. PLAN FAMILIAR FRENTE A LA TECNOLOGÍA

El uso de pantallas y redes sociales requiere límites claros y coherentes entre todos los miembros de la familia. “No se trata de prohibir, sino de acompañar y enseñar a usar la tecnología con criterio”. Sugiere acordar tiempos de desconexión, como las comidas o la hora antes de dormir y promover actividades sin pantallas que incentiven la creatividad, el descanso y la interacción cara a cara. En sus palabras: “El sueño, el juego libre y el contacto con otros son necesidades básicas que la tecnología no puede reemplazar”, el aburrimiento es necesario para el desarrollo de la creatividad.

4. ALIANZA COLEGIO-FAMILIA

La salud mental de los estudiantes se fortalece cuando familia y colegio trabajan en conjunto. “El colegio no puede hacerlo solo y los padres tampoco”, comenta. La participación activa de las familias en la comunidad escolar asistiendo a reuniones, talleres o instancias de diálogo, permite construir un entorno coherente y de apoyo mutuo. Esta alianza también facilita la detección temprana de dificultades emocionales o sociales y genera una red que contiene y orienta.

5. AUTOCUIDADO CONSCIENTE

Los adultos son el modelo emocional más poderoso para los niños. “Si queremos enseñar regulación, tenemos que regularnos primero”. Cuidar la salud mental de los cuidadores es una necesidad: implica darse permiso para descansar, pedir ayuda cuando sea necesario y mantener espacios personales que recarguen energía. Un adulto que se cuida transmite calma, empatía y coherencia emocional, factores fundamentales para el desarrollo socioafectivo de los niños.

Cuidar la salud mental de los niños, niñas y adolescentes es una labor compartida entre familias y colegios. No se trata solo de prevenir trastornos, sino de promover bienestar integral, habilidades socioemocionales y resiliencia, mientras se enseña a los jóvenes a navegar los desafíos de la vida con acompañamiento seguro y afectivo. Como subraya Iturra, “las emociones no son temas adicionales, son parte de la vida cotidiana y el cuidado de la salud mental es un compromiso de toda la comunidad”.

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