En un escenario educativo en transformación, la excelencia académica deja de medirse solo en resultados y se entiende como un proceso profundo, consciente y humano. Desde la investigación en primera infancia hasta la gestión pedagógica escolar, este reportaje explora cómo aprender con sentido, bienestar y participación se vuelve el verdadero indicador de calidad educativa.
En un contexto educativo marcado por profundos cambios sociales, culturales y tecnológicos, la noción de excelencia académica ha dejado de entenderse exclusivamente como altos resultados en pruebas estandarizadas. Hoy, el concepto se amplía hacia una formación integral, que articula rigor académico, pensamiento crítico, desarrollo socioemocional y bienestar. En ese cruce entre investigación, gestión pedagógica y práctica escolar se sitúan las miradas del Colegio San Francisco Javier de Huechuraba y de la académica e investigadora Cynthia Adlerstein.
Para el Colegio San Francisco Javier de Huechuraba, la excelencia académica constituye un eje central de su proyecto educativo. No se trata de una meta puntual, sino de un proceso permanente, planificado y reflexivo, orientado a generar condiciones reales para que cada estudiante desarrolle al máximo sus capacidades, respetando ritmos, intereses y talentos. Desde esta perspectiva, aprender no es memorizar contenidos, sino comprender, reflexionar y aplicar el conocimiento de manera significativa.
Esta visión dialoga directamente con la investigación en primera infancia. Para Cynthia Adlerstein, académica asociada de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y doctora en Ciencias Sociales, la excelencia académica en los primeros años no se vincula con la sobreexigencia ni con la anticipación
de contenidos escolares. “La excelencia académica en la primera infancia no se relaciona con adelantar contenidos, sino con ofrecer experiencias educativas de alta calidad, que permitan aprendizajes profundos, significativos y acordes al desarrollo integral de los niños”, explica.
Desde la gestión pedagógica, Giovanna Olivari, Directora Académica del Colegio San Francisco Javier de Huechuraba, complementa esta mirada señalando que la excelencia se construye en el tiempo: “La entendemos como un proceso permanente, planificado y reflexivo, que busca aprendizajes reales y no solo resultados finales”. En esa línea, el colegio ha optado por una propuesta pedagógica que privilegia el aprendizaje profundo, la curiosidad intelectual y la autonomía del estudiante.
Uno de los pilares de este enfoque es la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje. El colegio apuesta por metodologías activas que fomentan la participación, el trabajo colaborativo y la resolución de problemas, situando al estudiante como protagonista de su aprendizaje. El rol del docente, en este contexto, se concibe como el de un mediador pedagógico que acompaña, orienta y desafía intelectualmente, manteniendo altas expectativas académicas sin perder de vista el desarrollo integral. Los ambientes de aprendizaje cumplen un rol clave en este proceso. Para Adlerstein, “los espacios bien diseñados, seguros y estimulantes favorecen la exploración, la curiosidad y la construcción activa del conocimiento”, especialmente en las etapas iniciales. Esta mirada es coherente con el énfasis del colegio en generar entornos escolares que promuevan el bienestar emocional como condición indispensable para aprender.
La evaluación es otro de los elementos centrales en esta concepción ampliada de la excelencia académica. Lejos de una lógica punitiva, el Colegio San Francisco Javier concibe la evaluación como una herramienta formativa, orientada a identificar avances, detectar dificultades y retroalimentar oportunamente los aprendizajes. “La diversidad de instrumentos y el énfasis en evaluaciones más auténticas nos permite comprender cómo aprende cada estudiante”, señala Giovanna Olivari, subrayando la importancia de observar procesos más que solo resultados.
En coherencia con este enfoque, los proyectos interdisciplinarios cumplen un rol fundamental en la formación académica. Según Giovanna Olivari, estos permiten aplicar lo aprendido, profundizar contenidos y evidenciar una comprensión real, integrando distintas habilidades y promoviendo aprendizajes significativos. De este modo, la excelencia académica se vincula también con el desarrollo de competencias clave para el siglo XXI, como el pensamiento crítico, la comunicación efectiva, la creatividad y la capacidad de aprender a aprender.
Desde la investigación en primera infancia, Adlerstein destaca que la excelencia académica no puede desvincularse de la ciudadanía infantil. “No son dimensiones opuestas”, afirma. “Una educación de excelencia incorpora la participación, la escucha y el respeto por la voz de los niños, entendiendo que aprender también implica convivir, expresarse y formar parte de una comunidad”.
Sostener este enfoque sin caer en la sobreexigencia temprana requiere condiciones adecuadas para los equipos docentes. Adlerstein enfatiza la necesidad de buenas condiciones de trabajo, espacios de reflexión pedagógica y una visión compartida que entienda la excelencia como un proceso acompañado y colaborativo, más que como presión por resultados inmediatos.